El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Asà que esperé; pero esperé en vano, con profunda desilusión por mi parte. Pasó un dÃa tras otro, y mi amigo no avanzó ni un paso. Se pasó toda una mañana en Londres, y supe, por un comentario casual, que habÃa visitado el Museo Británico. Exceptuando este viaje, ocupaba los dÃas en largos y generalmente solitarios paseos, o charlando con varios chismosos del pueblo, con los que habÃa trabado conocimiento.
—No cabe duda, Watson, de que una semana en el campo le sienta a uno de maravilla —comentó un dÃa—. Es muy agradable observar los primeros brotes verdes en los setos y ver salir los amentos de los avellanos. Se pueden pasar dÃas muy instructivos con una escarda, una caja de lata y un libro de botánica elemental.
Y era cierto que andaba por ahà con este equipo, aunque al final de la jornada traÃa a casa unos muestrarios de plantas muy reducidos.
De vez en cuando, tropezábamos en nuestras correrÃas con el inspector Baynes. Su rostro ancho y colorado se deshacÃa en sonrisas y sus ojillos resplandecÃan cada vez que saludaba a mi compañero. No decÃa casi nada sobre el caso, pero por lo poco que decÃa dedujimos que no le disgustaba la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, tengo que reconocer que me quedé algo sorprendido cuando, cinco dÃas después del crimen, abrà el periódico de la mañana y leà en grandes titulares:
EL MISTERIO DE OXSHOTT SOLUCIONADO