El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Debo confesar que no me pareció una proposición muy atractiva. La vieja mansión con su atmósfera de crimen, los extraños y temibles habitantes, los peligros desconocidos de la incursión y el hecho de que al entrar nos colocábamos en una posición legal bastante dudosa contribuían a apagar mi entusiasmo. Pero el frío razonamiento de Holmes tenía algo que hacía que resultara imposible escurrir el bulto ante cualquier aventura que él pudiera recomendar. Uno sabía que así, y sólo así, se podía encontrar una solución. Le estreché la mano en silencio y la suerte quedó echada.
Pero el Destino no quiso que nuestra investigación tuviera un final tan aventurero. Serían aproximadamente las cinco, y empezaban a caer las sombras de la tarde de marzo, cuando un campesino muy excitado se precipitó en nuestra habitación.
—¡Se han ido, señor Holmes! Se han marchado en el último tren. La mujer escapó, y la tengo abajo, en un coche.
—¡Excelente, Warner! —exclamó Holmes, poniéndose en pie de un salto—. Watson, los huecos se van llenando rápidamente.