El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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En el coche encontramos a una mujer medio desmayada de agotamiento nervioso. En su rostro aguileño y demacrado se advertían las huellas de alguna tragedia reciente. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero cuando la alzó y dirigió hacia nosotros sus ojos sin brillo, vi que sus pupilas eran simples puntitos negros en el centro de un amplio iris de color gris. La habían drogado con opio.

—Yo estaba vigilando la puerta, como usted me dijo, señor Holmes —dijo nuestro emisario, el jardinero despedido—. Cuando salió el carruaje, lo seguí hasta la estación. Ella iba como sonámbula; pero cuando intentaron subirla al tren, volvió a la vida y se resistió. La metieron en el vagón a la fuerza, pero ella consiguió salir de nuevo. Entonces yo corrí en su ayuda, la metí en un coche y aquí nos tiene. Jamás olvidaré la cara de Henderson, mirándome a través de la ventanilla cuando me la llevé. No me quedaría mucho tiempo de vida si de él dependiera. ¡Ese demonio amarillo y rabioso, con su mirada siniestra!

Llevamos a la señorita a nuestra habitación, la tendimos en el sofá y con un par de tazas de café del más fuerte conseguimos despejar su cerebro de las nieblas de la droga. Holmes había hecho avisar a Baynes, y le explicó la situación en pocas palabras.


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