El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes En la tercera semana de noviembre del año 1895, una densa niebla amarillenta cayó sobre Londres. Creo que desde el lunes hasta el jueves no pudimos ni distinguir desde nuestras ventanas de Baker Street la silueta de las casas de enfrente. El primer día, Holmes se lo pasó poniendo al corriente el índice de su voluminoso álbum de recortes. El segundo y el tercero los dedicó pacientemente a un tema al que se había aficionado hacía poco: la música de la Edad Media. Pero el cuarto día, cuando al levantarnos de la mesa del desayuno volvimos a contemplar el espeso remolino pardusco girando y condensándose en gotitas grasientas en los cristales de las ventanas, el carácter impaciente y activo de mi compañero ya no pudo aguantar más aquella monótona existencia. Se puso a pasear incesantemente por nuestro cuarto de estar, en un frenesí de energía reprimida, mordiéndose las uñas, tamborileando en los muebles y renegando de la inactividad.
