El Valle del terror
El Valle del terror Todos nos pusimos en pie, y avanzamos, tambaleándonos, detrás de Holmes, porque tenÃamos los miembros entumecidos, mientras que él corrÃa rápidamente, empujado por una de esas llamaradas de energÃa nerviosa capaces de convertirlo, cuando llegaba el caso, en el hombre más activo y de mayor fortaleza fÃsica. Cruzó ligero el puente y tiró con violencia de la campanilla de llamada. Oyóse por la parte de dentro el ruido de cerrojos al descorrerse, y apareció en la puerta de entrada el atónito Ames. Holmes lo apartó a un lado sin decir palabra y, seguido de todos nosotros, se precipitó dentro de la habitación que habÃa estado ocupada por el hombre al que nosotros acechábamos.
La lámpara de aceite colocada encima de la mesa habÃa sido la que despedÃa la luminosidad vista por nosotros desde el exterior. La lámpara sostenÃala ahora en su mano Cecil Barker, que la adelantó hacia nosotros cuando entrábamos. Su luz se proyectaba sobre la cara de rasgos firmes, resueltos y completamente afeitada de Barker y sobre sus ojos amenazadores.
—¿Qué diablos significa todo esto? —gritó—. ¿Qué es lo que ustedes buscan?
Holmes echó una mirada rápida por la habitación y se abalanzó de pronto sobre un bulto impregnado de agua y atado con una cuerda, que estaba en el lugar donde lo habÃa arrojado, debajo de la mesa de escribir.