El Valle del terror
El Valle del terror —Somos muchos. Verá usted cómo en ninguna parte de los Estados Unidos se halla la Orden tan floreciente como aquí, en el valle de Vermissa. Pero no nos vendrá mal algunos mozos como usted. Lo que no alcanzo a comprender es cómo un hombre despierto de la Unión del Trabajo no encuentra ocupación en Chicago.
—La encontré muy abundante —dijo McMurdo.
—¿Y por qué se marchó entonces?
—McMurdo señaló con un movimiento de cabeza a los policías, y se sonrió, diciendo:
—Creo que esos individuos se alegrarían de saberlo.
Scanlan dejó escapar un suspiro de simpatía.
—¿En apuros? —preguntó cuchicheando.
—Grandes.
—¿Trabajo de presidio?
—Y lo demás.
—¿Alguna muerte?
—Es demasiado pronto para hablar de esas cosas —dijo McMurdo con la expresión de un hombre al que se ha sorprendido hablando más de lo que él se proponía—. Tengo mis buenas razones para ausentarme de Chicago, y esto debe bastarle. ¿Quién es usted para creerse en el deber de preguntarme semejantes cosas?
Sus ojos grises relampaguearon con súbita y peligrosa irritación desde detrás de los cristales de sus gafas.