El Valle del terror
El Valle del terror En la desnuda sala de la asamblea los concurrentes se agrupaban en torno de una mesa larga. A uno de los lados veíase otra mesa cargada de botellas y de vasos, y hacia la cual volvían ya sus ojos algunos de los allí presentes. McGinty estaba sentado a la cabecera de la mesa. Llevaba sobre sus enmarañadas guedejas negras un gorro chato de terciopelo negro, y alrededor del cuello una estola color púrpura, lo que le daba el aspecto de un sacerdote presidiendo un ritual diabólico. A su derecha y a su izquierda sentábanse los altos cargos de la logia, viéndose entre ellos el rostro hermoso y cruel de Ted Baldwin. Todos ostentaban alguna banda o una medalla como emblema de su cargo. La mayor parte eran hombres de edad madura, pero el resto de la concurrencia estaba compuesto en su mayor parte de jóvenes de dieciocho a veinticinco años, agentes capaces y siempre dispuestos a poner en ejecución los mandatos de sus mayores. Entre los hombres de edad había algunos cuyas facciones pregonaban que dentro de ella había almas crueles y criminales; pero, mirando hacia la gente de filas, era difícil creer que aquellos jóvenes de expresión abierta y entusiasta constituían realmente una peligrosa cuadrilla de asesinos, y que su sentido moral había sufrido una perversión tan completa que mostraban un horrible orgullo por su eficacia en el negocio, mirando con el mayor respeto a quienes llevan fama de saber realizar limpiamente la tarea. Había llegado a ser para sus naturalezas torcidas un acto caballeresco y valeroso ofrecerse voluntariamente para actuar contra hombres que jamás les habían hecho a ellos ninguna ofensa, a los que, en muchos casos, ni siquiera conocían de vista. Una vez cometido el crimen, se peleaban sobre quién había dado efectivamente el golpe mortal, y se divertían entre ellos y divertían a la concurrencia imitando los gritos y contorsiones del hombre asesinado. En los primeros tiempos llevaban sus manejos con cierto secreto, pero ya en la época a que se refiere esta narración obraban con absoluta ausencia de disimulo, porque los repetidos fracasos de la Justicia les habían convencido, por un lado, de que nadie se atrevería a testificar en contra de ellos y, por otro, de que disponían de un número ilimitado de testigos de completa confianza, a quienes podían recurrir en favor suyo, y de una caja bien provista de dinero de la que procedían los fondos con los que contrataban a los abogados de más talento que habla en aquel Estado. Durante largos años de atropellos, no hubo ni siquiera una sola condena, y el único peligro que alguna vez amenazaba a los Camorreros procedía de las víctimas mismas, que, a pesar de verse atacadas por sorpresa y abrumadas por el número de atacantes, podían en ocasiones dejar su señal sobre éstos.