El Valle del terror
El Valle del terror —Una última palabra, hermano McMurdo —dijo McGinty—. Habéis jurado ya secreto y lealtad. ¿Sabéis que romper cualquiera de las cosas se castiga con una muerte inmediata e inevitable?
—Lo sé.
—¿Y aceptáis, de hoy en adelante y en cualquier circunstancia que sea, los mandatos del gran maestre?
—Los acepto.
—Pues, entonces, yo, en nombre de la logia trescientos cuarenta y una, de Vermissa, te concedo sus privilegios y te acepto a sus debates. Hermano Scanlan, poned la bebida encima de la mesa y bebamos por nuestro digno hermano.
Trajeron a McMurdo su chaqueta, pero antes de ponérsela se miró el brazo derecho, que aún le dolÃa muchÃsimo. Sobre la carne del antebrazo distinguió la clara marca de un cÃrculo con un triángulo en su interior; la marca era profunda y roja, tal como lo habÃa dejado el hierro de marcar. Algunos de los que estaban junto a él se levantaron las mangas y enseñaron a McMurdo las marcas a fuego que llevaban en sus brazos.
—Todos hemos pasado por ello, pero nadie lo aguantó de manera tan espléndida como usted —le dijo uno.
—¡Ha sido cosa de nada! —contestó McMurdo—; pero lo cierto era que le quemaba y le dolÃa.