El Valle del terror

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CAPÍTULO V

La hora más oscura

Si algo faltaba para dar empuje a la popularidad de McMurdo entre sus compañeros, eran su detención y su absolución. El hecho de que un hombre, la noche misma de su afiliación a la logia, hubiese hecho algo capaz de conducirlo ante el juez, constituía un nuevo récord en los anales de la sociedad. Había ganado ya fama de excelente compañero de juerga, de alegre parrandero y, sobre todo, de hombre de mucho genio, que no toleraba un insulto ni siguiera viniendo del todopoderoso mandamás en persona. Pero, además de todo eso, produjo en sus camaradas la impresión de que no había entre todos ellos ninguno con el cerebro tan dispuesto para concebir un plan sanguinario ni cuya mano fuese más capaz que la suya para ponerlo por obra. «Es un muchacho de los que harán el trabajo limpio», se dijeron unos a otros los ancianos, y esperaron el momento de poder ponerlo a la obra. McGinty disponía de suficiente número de instrumentos, pero tuvo que reconocer que éste era el de suprema destreza. Se sintió como quien retiene en la traílla a un fiero sabueso. Disponía de gozquejos para el trabajo menudo, pero algún día soltaría a este animal contra su presa. Algunos miembros de la logia, y entre ellos Ted Baldwin, experimentaron resentimiento por el auge rápido del forastero, y aborrecían a éste por esa causa, pero se apartaban de él, porque McMurdo tenía tan buena disposición para pelear como para reír.


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