El Valle del terror
El Valle del terror —Claro; todos somos solidarios en todo —dijo Scanlan, el compañero de McMurdo, cuando los cuatro iban a sentarse a cenar.
—Asà es, y podemos hablar, hasta que las vacas se recojan, de la muerte de Charlie Williams, o de la de Simón Brid, o de cualquier otro trabajo del pasado. Pero hasta que un trabajo se realiza, nosotros no podemos decir palabra acerca del mismo.
—Hay por aquà media docena de individuos a los que me gustarÃa decirles cuatro verdades —dijo McMurdo, lanzando un juramento—. ¿No será ese Jack Knox, de Ironhill, al que ustedes buscan? HarÃa una buena caminata por ver cómo le daban su merecido.
—No; a ése no le ha tocado todavÃa.
—¿Será Hermán Strauss?
—No; tampoco es ése.
—Bien; si ustedes no quieren decÃrnoslo, nosotros no podemos obligarlos, pero me gustarÃa saberlo.
Lawler se sonrió y movió negativamente la cabeza. No era hombre que se dejase sonsacar.