El Valle del terror

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CAPÍTULO VI

Peligro

Se estaba en la cúspide del reinado del terror. McMurdo, que había sido ya nombrado diácono interior, con todas las perspectivas de suceder algún día a McGinty como gran maestro, se había hecho ya tan indispensable en los consejos de sus camaradas, que nada se realizaba sin su ayuda y su consejo. Sin embargo, cuanto más popular se iba haciendo entre los Hombres Libres, con mayores mofas era acogido al pasar por las calles de Vermissa. A pesar de su terror, los ciudadanos iban cobrando ánimos para ligarse contra sus opresores. Llegaron a la logia rumores de reuniones secretas celebradas en la Redacción del Herald y de la distribución de armas de fuego entre las gentes de orden. Pero a McGinty y a sus hombres no les preocupaban tales noticias. Eran muchos, resueltos y bien armados, mientras que sus adversarios estaban dispersos e impotentes. Todo acabaría, al igual que en el pasado: charlas sin finalidad y posiblemente en detenciones importantes. Eso aseguraban McGinty, McMurdo y todos los hombres más atrevidos.

Era la noche de un sábado del mes de mayo. Los sábados eran siempre noches de logia, y McMurdo se disponía a salir de su casa para acudir a ella, cuando se presentó de visita Morris, el hombre más débil de la orden. La preocupación le hacía fruncir el ceño, y su rostro bondadoso aparecía alargado y asustado.

—¿Puedo hablarle con libertad, McMurdo?


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