El Valle del terror
El Valle del terror Peligro
Se estaba en la cúspide del reinado del terror. McMurdo, que había sido ya nombrado diácono interior, con todas las perspectivas de suceder algún día a McGinty como gran maestro, se había hecho ya tan indispensable en los consejos de sus camaradas, que nada se realizaba sin su ayuda y su consejo. Sin embargo, cuanto más popular se iba haciendo entre los Hombres Libres, con mayores mofas era acogido al pasar por las calles de Vermissa. A pesar de su terror, los ciudadanos iban cobrando ánimos para ligarse contra sus opresores. Llegaron a la logia rumores de reuniones secretas celebradas en la Redacción del Herald y de la distribución de armas de fuego entre las gentes de orden. Pero a McGinty y a sus hombres no les preocupaban tales noticias. Eran muchos, resueltos y bien armados, mientras que sus adversarios estaban dispersos e impotentes. Todo acabaría, al igual que en el pasado: charlas sin finalidad y posiblemente en detenciones importantes. Eso aseguraban McGinty, McMurdo y todos los hombres más atrevidos.
Era la noche de un sábado del mes de mayo. Los sábados eran siempre noches de logia, y McMurdo se disponía a salir de su casa para acudir a ella, cuando se presentó de visita Morris, el hombre más débil de la orden. La preocupación le hacía fruncir el ceño, y su rostro bondadoso aparecía alargado y asustado.
—¿Puedo hablarle con libertad, McMurdo?
