El Valle del terror
El Valle del terror Edwards el pajarraco cae en la trampa
Tal y como había dicho McMurdo, la casa en que vivía estaba en un lugar solitario y era muy a propósito para el crimen que planeaban. Alzábase en el extremo límite de la población y bastante retirada de la carretera. De no haber sido así, los conspiradores se habrían limitado a hacer que su víctima saliese de la casa, y entonces habrían vaciado sus revólveres en su cuerpo; pero en esta ocasión era preciso averiguar qué era lo que sabía y de qué medios se había valido para saberlo, además de lo que había comunicado ya a sus jefes. Quizá llegaban demasiado tarde, y el detective había dado fin a su labor. En este caso, podrían, por lo menos, tomar venganza en el autor de aquello. Sin embargo, confiaban en que nada de verdadera importancia hubiese llegado todavía a conocimiento del detective. De no ser así, se decían, no se habría tomado el trabajo de copiar y telegrafiar una información tan fútil como la que McMurdo aseguraba haberle dado. Todo eso podrían saberlo de sus propios labios. Una vez que se apoderasen de él, ya encontrarían la manera de hacerle hablar. No era aquélla la primera vez que habían tenido que habérselas con un testigo reacio a declarar.
