Estudio en Escarlata
Estudio en Escarlata 5
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Nuestras actividades matinales habían sido excesivas para mi delicada salud, y por la tarde estaba exhausto. Después de que Holmes se fuera al concierto, me tumbé en el sofá e intenté dormir un par de horas. Fue inútil. Mi mente estaba demasiado excitada por todo lo ocurrido, y en ella se agolpaban las más extrañas fantasías y conjeturas. Cada vez que cerraba los ojos, veía ante mí los crispados rasgos del hombre asesinado. La impresión que me había producido aquel rostro era tan siniestra que se me hacía difícil no sentir cierta gratitud por quien lo había borrado de la faz de la tierra. De haber facciones que reflejaran los vicios más detestables, estas eran, sin duda, las de Enoch J. Drebber, de Cleveland. Sin embargo, yo reconocía que debía hacerse justicia, y que la depravación de la víctima no implicaba que la ley dejara impune al asesino.
