Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Mientras Holmes estuvo hablando, nuestro visitante había recobrado en parte su aplomo, y al oír esas palabras se levantó de la silla y dijo con frío gesto de burla en su pálido rostro:
-Quizá, señor Holmes, todo haya ocurrido de esa manera, y quizá no; pero si usted es tan agudo, debería serlo lo bastante para saber que es usted quien está faltando ahora a la ley, y no yo. Desde el principio, yo no hice nada punible, pero mientras usted siga teniendo cerrada esa puerta, incurre en una acusación por asalto y coacción ilegal.
-En efecto, dice usted bien; la ley no puede castigar -dijo Holmes, haciendo girar la llave y abriendo la puerta de par en par-. Sin embargo, nadie mereció jamás un castigo más que usted. Si la joven tuviera un hermano o un amigo, él debería cruzarle las espaldas a latigazos. ¡Por Júpiter! -prosiguió, acalorándose al ver la expresión de mofa en la cara de aquel hombre-. Esto no entra en mis obligaciones para con mi cliente, pero tengo a mano un látigo de cazador, y me está pareciendo que voy a darme el gustazo de…