Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -¿Quién es, pues, el asesino?
-El caballero que le he descrito.
-Pero ¿quién es?
-No creo que resulte tan difícil averiguarlo. Esta zona no es tan populosa.
Lestrade se encogió de hombros.
-Soy un hombre práctico -dijo-, y la verdad es que no puedo ponerme a recorrer los campos en busca de un caballero zurdo con una pata coja. Sería el hazmerreír de Scotland Yard.
-Muy bien -dijo Holmes, tranquilamente-. Ya le he dado su oportunidad. Aquí están sus aposentos. Adiós. Le dejaré una nota antes de marcharme.
Tras dejar a Lestrade en sus habitaciones, regresamos a nuestro hotel, donde encontramos la comida ya servida. Holmes estuvo callado y sumido en reflexiones, con una expresión de pesar en el rostro, como quien se encuentra en una situación desconcertante.
-Vamos a ver, Watson -dijo cuando retiraron los platos-. Siéntese aquí, en esta silla, y deje que le predique un poco. No sé qué hacer y agradecería sus consejos. Encienda un cigarro y deje que me explique.
-Hágalo, por favor.