Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes El hombre que entró era joven, de unos veintidós años, a juzgar por su apariencia exterior; bien acicalado y elegantemente vestido, con un no sé qué de refinado y fino en su porte. El paraguas, que era un arroyo, y que sostenía en la mano, y su largo impermeable brillante, delataban la furia del temporal que había tenido que aguantar en su camino. Enfocado por el resplandor de la lámpara, miró ansiosamente a su alrededor, y yo pude fijarme en que su cara estaba pálida y sus ojos cargados, como los de una persona a quien abruma alguna gran inquietud.
-Debo a ustedes una disculpa -dijo, subiéndose hasta el arranque de la nariz las gafas doradas, a presión-. Espero que mi visita no sea un entretenimiento. Me temo que haya traído hasta el interior de su abrigada habitación algunos rastros de la tormenta.
-Deme su impermeable y su paraguas -dijo Holmes-. Pueden permanecer colgados de la percha, y así quedará usted libre de humedad por el momento. Veo que ha venido usted desde el Sudoeste.
-Sí, de Horsham.
-Esa mezcla de arcilla y de greda que veo en las punteras de su calzarlo es completamente característica.
-Vine en busca de consejo.
-Eso se consigue fácil.
-Y de ayuda.