Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Nos estrechó las manos y se retiró. El viento seguía bramando fuera, y la lluvia tamborileaba y salpicaba las ventanas. Aquel relato tan desatinado y extraño parecía habernos llegado de entre los elementos desencadenados, como si la tempestad lo hubiese arrojado sobre nosotros igual que un tallo de alga marina, y que esos mismos elementos se lo hubiesen tragado luego otra vez.
Sherlock Holmes permaneció algún tiempo en silencio, con la cabeza inclinada y los ojos fijos en el rojo resplandor del fuego. Luego encendió su pipa, se recostó en el respaldo de su asiento, y se quedó contemplando los anillos de humo azul que se perseguían los unos a los otros en su ascenso hacia el techo.
-Creo Watson -dijo, por fin, como comentario-, que no hemos tenido entre todos nuestros casos ninguno más fantástico que éste.
-Con excepción, quizá, del Signo de los Cuatro.
-Bien, sí. Con excepción, quizá, de ése. Sin embargo, creo que este John Openshaw se mueve entre peligros todavía mayores que los que rodeaban a los Sholtos.
-Pero ¿no ha formado usted ninguna hipótesis concreta sobre la naturaleza de estos peligro?
-Sobre su naturaleza no caben ya hipótesis -me contestó.