Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Gracias, no he venido a quedarme —dije—. Hay aquà un amigo mÃo, el señor Isa Whitney, y quiero hablar con él. Hubo un movimiento y una exclamación a mi derecha y, atisbando entre las tinieblas, distinguà a Whitney, pálido, ojeroso y desaliñado, con la mirada fija en mÃ.
—¡Dios mÃo! ¡Es Watson! —exclamó. Se encontraba en un estado lamentable, con todos sus nervios presa de temblores—. Oiga, Watson, ¿qué hora es?
—Casi las once.
—¿De qué dÃa?
—Del viernes, diecinueve de junio.
—¡Cielo santo! ¡CreÃa que era miércoles! ¡Y es miércoles! ¿Qué se propone usted asustando a un amigo? —sepultó la cara entre los brazos y comenzó a sollozar en tono muy agudo.
—Le digo que es viernes, hombre. Su esposa lleva dos dÃas esperándole. ¡DeberÃa estar avergonzado de sà mismo!
—Y lo estoy. Pero usted se equivoca, Watson, sólo llevo aquà unas horas… tres pipas, cuatro pipas… ya no sé cuántas. Pero iré a casa con usted. ¿Ha traÃdo usted un coche?
—SÃ, tengo uno esperando.
—Entonces iré en él. Pero seguramente debo algo. Averigüe cuánto debo, Watson. Me encuentro incapaz. No puedo hacer nada por mà mismo.