Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes A través de la penumbra se podÃan distinguir a duras penas numerosos cuerpos, tumbados en posturas extrañas y fantásticas, con los hombros encorvados, las rodillas dobladas, las cabezas echadas hacia atrás y el mentón apuntando hacia arriba; de vez en cuando, un ojo oscuro y sin brillo se fijaba en el recién llegado. Entre las sombras negras brillaban circulitos de luz, encendiéndose y apagándose, según que el veneno ardiera o se apagara en las cazoletas de las pipas metálicas. La mayorÃa permanecÃa tendida en silencio, pero algunos murmuraban para sà mismos, y otros conversaban con voz extraña, apagada y monótona; su conversación surgÃa en ráfagas y luego se desvanecÃa de pronto en el silencio, mientras cada uno seguÃa mascullando sus propios pensamientos, sin prestar atención a las palabras de su vecino. En el extremo más apartado habÃa un pequeño brasero de carbón, y a su lado un taburete de madera de tres patas, en el que se sentaba un anciano alto y delgado, con la barbilla apoyada en los puños y los codos en las rodillas, mirando fijamente el fuego.
Al verme entrar, un malayo de piel cetrina se me acercó rápidamente con una pipa y una porción de droga, indicándome una litera libre.