Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —SÃ, Watson, cadáveres. SerÃamos ricos si nos dieran mil libras por cada pobre diablo que ha encontrado la muerte en ese antro. Es la trampa mortal más perversa de toda la ribera del rÃo, y me temo que Neville St. Clair ha entrado en ella para no volver a salir. Pero nuestro coche deberÃa estar aquà —se metió los dos dedos Ãndices en la boca y lanzó un penetrante silbido, una señal que fue respondida por un silbido similar a lo lejos, seguido inmediatamente por el traqueteo de unas ruedas y las pisadas de cascos de caballo.
—Y ahora, Watson —dijo Holmes, mientras un coche alto, de un caballo, salÃa de la oscuridad arrojando dos chorros dorados de luz amarilla por sus faroles laterales—, ¿viene usted conmigo o no?
—Si puedo ser de alguna utilidad…
—Oh, un camarada de confianza siempre resulta útil. Y un cronista, más aún. Mi habitación de Los Cedros tiene dos camas.
—¿Los Cedros?
—SÃ, asà se llama la casa del señor St. Clair. Me estoy alojando allà mientras llevo a cabo la investigación.
—¿Y dónde está?
—En Kent, cerca de Lee. Tenemos por delante un trayecto de siete millas.
—Pero estoy completamente a oscuras.