Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Ay, no me desanime usted, señor Holmes. Estoy segura de que se encuentra bien. Existe entre nosotros una comunicación tan intensa que si le hubiera pasado algo malo, yo lo sabrÃa. El mismo dÃa en que le vi por última vez, se cortó en el dormitorio, y yo, que estaba en el comedor, subà corriendo al instante, con la plena seguridad de que algo habÃa ocurrido. ¿Cree usted que puedo responder a semejante trivialidad y, sin embargo, no darme cuenta de que ha muerto?
—He visto demasiado como para no saber que la intuición de una mujer puede resultar más útil que las conclusiones de un razonador analÃtico. Y, desde luego, en esta carta tiene usted una prueba bien palpable que corrobora su punto de vista. Pero si su marido está vivo y puede escribirle cartas, ¿por qué no se pone en contacto con usted?
—No tengo ni idea. Es incomprensible.
—¿No comentó nada el lunes antes de marcharse?
—No.
—Y a usted le sorprendió verlo en Swandan Lane.
—Mucho.
—¿Estaba abierta la ventana?
—SÃ.
—Entonces, él podÃa haberla llamado.
—PodÃa, sÃ.