Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —¿Está despierto, Watson? —preguntó.
—SÃ.
—¿Listo para una excursión matutina?
—Desde luego.
—Entonces, vÃstase. Aún no se ha levantado nadie, pero sé dónde duerme el mozo de cuadras, y pronto tendremos preparado el coche.
Al hablar, se reÃa para sus adentros, le centelleaban los ojos y parecÃa un hombre diferente del sombrÃo pensador de la noche anterior.
Mientras me vestÃa, eché un vistazo al reloj. No era de extrañar que nadie se hubiera levantado aún. Eran las cuatro y veinticinco. Apenas habÃa terminado cuando Holmes regresó para anunciar que el mozo estaba enganchando el caballo.
—Quiero poner a prueba una pequeña hipótesis mÃa —dijo, mientras se ponÃa las botas—. Creo, Watson, que tiene usted delante a uno de los más completos idiotas de toda Europa. Merezco que me lleven a patadas desde aquà a Charing Cross. Pero me parece que ya tengo la clave del asunto.
—¿Y dónde está? —pregunté, sonriendo.
—En el cuarto de baño —respondió—. No, no estoy bromeando —continuó, al ver mi gesto de incredulidad—. Acabo de estar allÃ, la he cogido y la tengo dentro de esta maleta Gladstone. Venga, compañero, y veremos si encaja o no en la cerradura.