Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Bajamos lo más rápidamente posible y salimos al sol de la mañana. El coche y el caballo ya estaban en la carretera, con el mozo de cuadras a medio vestir aguardando delante. Subimos al vehÃculo y salimos disparados por la carretera de Londres. Rodaban por ella algunos carros que llevaban verduras a la capital, pero las hileras de casas de los lados estaban tan silenciosas e inertes como una ciudad de ensueño.
—En ciertos aspectos, ha sido un caso muy curioso —dijo Holmes, azuzando al caballo para ponerlo al galope—. Confieso que he estado más ciego que un topo, pero más vale aprender tarde que no aprender nunca.
En la ciudad, los más madrugadores apenas empezaban a asomarse medio dormidos a la ventana cuando nosotros penetramos por las calles del lado de Surrey. Bajamos por Waterloo Bridge Road, cruzamos el rÃo y subimos a toda velocidad por Wellington Street, para allà torcer bruscamente a la derecha y llegar a Bow Street. Sherlock Holmes era bien conocido por el cuerpo de policÃa, y los dos agentes de la puerta le saludaron. Uno de ellos sujetó las riendas del caballo, mientras el otro nos hacÃa entrar.
—¿Quién está de guardia? —preguntó Holmes.
—El inspector Bradstreet, señor.