Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Creo que no queda nada por explicar. Estaba decidido a mantener mi disfraz todo el tiempo que me fuera posible, y de ahà mi insistencia en no lavarme la cara. Sabiendo que mi esposa estarÃa terriblemente preocupada, me quité el anillo y se lo pasé al marinero en un momento en que ningún policÃa me miraba, junto con una notita apresurada, diciéndole que no debÃa temer nada.
—La nota no llegó a sus manos hasta ayer —dijo Holmes.
—¡Santo Dios! ¡Qué semana debe de haber pasado!
—La policÃa ha estado vigilando a ese marinero —dijo el inspector Bradstreet—, y no me extraña que le haya resultado difÃcil echar la carta sin que le vieran. Probablemente, se la entregarÃa a algún marinero cliente de su casa, que no se acordó del encargo en varios dÃas.
—Asà debió de ser, no me cabe duda —dijo Holmes, asintiendo—. Pero ¿nunca le han detenido por pedir limosna?
—Muchas veces; pero ¿qué significaba para mà una multa?
—Sin embargo, esto tiene que terminar aquà —dijo Bradstreet—. Si quiere que la policÃa eche tierra al asunto, Hugh Boone debe dejar de existir.