Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -Supongo -comenté- que, a pesar de su aspecto inocente, ese objeto tendrá una historia terrible… o tal vez es la pista que le guiará a la solución de algún misterio y al castigo de algún delito.
-No, qué va. Nada de crímenes -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Tan sólo uno de esos incidentes caprichosos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan numeroso, cualquier combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos pequeños problemas que resultan extraños y sorprendentes, sin tener nada de delictivo. Ya hemos tenido experiencias de ese tipo.
-Ya lo creo -comenté-. Hasta el punto de que, de los seis últimos casos que he añadido a mis archivos, hay tres completamente libres de delito, en el aspecto legal.
-Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los papeles de Irene Adler, al curioso caso de la señorita Mary Sutherland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenezca a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el recadero?
-Sí.
-Este trofeo le pertenece.
-¿Es su sombrero?