Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Querido amigo, no me lo perderÃa por nada del mundo. No existÃa para mà mayor placer que seguir a Holmes en todas sus investigaciones y admirar las rápidas deducciones, tan veloces como si fueran intuiciones, pero siempre fundadas en una base lógica, con las que desentrañaba los problemas que se le planteaban.
Me vestà a toda prisa, y a los pocos minutos estaba listo para acompañar a mi amigo a la sala de estar. Una dama vestida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo estaba sentada junto a la ventana y se levantó al entrar nosotros.
—Buenos dÃas, señora —dijo Holmes animadamente—. Me llamo Sherlock Holmes. Éste es mi Ãntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante el cual puede hablar con tanta libertad como ante mà mismo. Ajá, me alegro de comprobar que la señora Hudson ha tenido el buen sentido de encender el fuego. Por favor, acérquese a él y pediré que le traigan una taza de chocolate, pues veo que está usted temblando.
—No es el frÃo lo que me hace temblar —dijo la mujer en voz baja, cambiando de asiento como se le sugerÃa.
—¿Qué es, entonces?