Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —No hay misterio alguno, querida señora —explicó Holmes sonriendo—. La manga izquierda de su chaqueta tiene salpicaduras de barro nada menos que en siete sitios. Las manchas aún están frescas. Sólo en un coche descubierto podrÃa haberse salpicado asÃ, y eso sólo si venÃa sentada a la izquierda del cochero.
—Sean cuales sean sus razones, ha acertado usted en todo —dijo ella—. Salà de casa antes de las seis, llegué a Leatherhead a las seis y veinte y cogà el primer tren a Waterloo. Señor, ya no puedo aguantar más esta tensión, me volveré loca de seguir asÃ. No tengo a nadie a quien recurrir… sólo hay una persona que me aprecia, y el pobre no serÃa una gran ayuda. He oÃdo hablar de usted, señor Holmes; me habló de usted la señora Farintosh, a la que usted ayudó cuando se encontraba en un grave apuro. Ella me dio su dirección. ¡Oh, señor! ¿No cree que podrÃa ayudarme a mà también, y al menos arrojar un poco de luz sobre las densas tinieblas que me rodean? Por el momento, me resulta imposible retribuirle por sus servicios, pero dentro de uno o dos meses me voy a casar, podré disponer de mi renta y entonces verá usted que no soy desagradecida.
Holmes se dirigió a su escritorio, lo abrió y sacó un pequeño fichero que consultó a continuación.