Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Excelente. ¿Tiene algo en contra de este viaje, Watson?
—Nada en absoluto.
—Entonces, iremos los dos. Y usted, ¿qué va a hacer?
—Ya que estoy en Londres, hay un par de cosillas que me gustarÃa hacer. Pero pienso volver en el tren de las doce, para estar allà cuando ustedes lleguen.
—Puede esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo un par de asuntillos que atender. ¿No quiere quedarse a desayunar?
—No, tengo que irme. Me siento ya más aliviada desde que le he confiado mi problema. Espero volverle a ver esta tarde —dejó caer el tupido velo negro sobre su rostro y se deslizó fuera de la habitación.
—¿Qué le parece todo esto, Watson? —preguntó Sherlock Holmes recostándose en su butaca.
—Me parece un asunto de lo más turbio y siniestro.
—Turbio y siniestro a no poder más.
—Sin embargo, si la señorita tiene razón al afirmar que las paredes y el suelo son sólidos, y que la puerta, ventanas y chimenea son infranqueables, no cabe duda de que la hermana tenÃa que encontrarse sola cuando encontró la muerte de manera tan misteriosa.