Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Señorita Stoner, no me lo ha dicho todo. Está usted encubriendo a su padrastro.
—¿Cómo? ¿Qué quiere decir?
Por toda respuesta, Holmes levantó el puño de encaje negro que adornaba la mano que nuestra visitante apoyaba en la rodilla. Impresos en la blanca muñeca se veÃan cinco pequeños moretones, las marcas de cuatro dedos y un pulgar. —La han tratado con brutalidad —dijo Holmes.
La dama se ruborizó intensamente y se cubrió la lastimada muñeca.
—Es un hombre duro —dijo—, y seguramente no se da cuenta de su propia fuerza.
Se produjo un largo silencio, durante el cual Holmes apoyó el mentón en las manos y permaneció con la mirada fija en el fuego crepitante.
—Es un asunto muy complicado —dijo por fin—. Hay mil detalles que me gustarÃa conocer antes de decidir nuestro plan de acción, pero no podemos perder un solo instante. Si nos desplazáramos hoy mismo a Stoke Moran, ¿nos serÃa posible ver esas habitaciones sin que se enterase su padrastro?
—Precisamente dijo que hoy tenÃa que venir a Londres para algún asunto importante. Es probable que esté ausente todo el dÃa y que pueda usted actuar sin estorbos. Tenemos una sirvienta, pero es vieja y estúpida, y no me será difÃcil quitarla de en medio.