Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Lo que habÃa provocado semejante exclamación de mi compañero fue el hecho de que nuestra puerta se abriera de golpe y un hombre gigantesco apareciera en el marco. Sus ropas eran una curiosa mezcla de lo profesional y lo agrÃcola: llevaba un sombrero negro de copa, una levita con faldones largos y un par de polainas altas, y hacÃa oscilar en la mano un látigo de caza. Era tan alto que su sombrero rozaba el montante de la puerta, y tan ancho que la llenaba de lado a lado. Su rostro amplio, surcado por mil arrugas, tostado por el sol hasta adquirir un matiz amarillento y marcado por todas las malas pasiones, se volvÃa alternativamente de uno a otro de nosotros, mientras sus ojos, hundidos y biliosos, y su nariz alta y huesuda, le daban cierto parecido grotesco con un ave de presa, vieja y feroz.
—¿Quién de ustedes es Holmes? —preguntó la aparición. —Ése es mi nombre, señor, pero me lleva usted ventaja —respondió mi compañero muy tranquilo.
—Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.
—Ah, ya —dijo Holmes suavemente—. Por favor, tome asiento, doctor.
—No me da la gana. Mi hijastra ha estado aquÃ. La he seguido. ¿Qué le ha estado contando?
—Hace algo de frÃo para esta época del año —dijo Holmes.