Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —¿Qué le ha contado? —gritó el viejo, enfurecido.
—Sin embargo, he oÃdo que la cosecha de azafrán se presenta muy prometedora —continuó mi compañero, imperturbable.
—¡Ja! Conque se desentiende de mÃ, ¿eh? —dijo nuestra nueva visita, dando un paso adelante y esgrimiendo su látigo de caza—. Ya le conozco, granuja. He oÃdo hablar de usted. Usted es Holmes, el entrometido.
Mi amigo sonrió.
—¡Holmes, el metomentodo!
La sonrisa se ensanchó.
—¡Holmes, el correveidile de Scotland Yard! Holmes soltó una risita cordial.
—Su conversación es de lo más amena —dijo—. Cuando se vaya, cierre la puerta, porque hay una cierta corriente.
—Me iré cuando haya dicho lo que tengo que decir. No se atreva a meterse en mis asuntos. Me consta que la señorita Stoner ha estado aquÃ. La he seguido. Soy un hombre peligroso para quien me fastidia. ¡FÃjese!
Dio un rápido paso adelante, cogió el atizafuego y lo curvó con sus enormes manazas morenas.