Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Jamás habÃa visto a mi amigo con un rostro tan sombrÃo y un ceño tan fruncido como cuando nos retiramos del escenario de la investigación. HabÃamos recorrido el jardÃn varias veces de arriba abajo, sin que ni la señorita Stoner ni yo nos atreviéramos a interrumpir el curso de sus pensamientos, cuando al fin Holmes salió de su ensimismamiento.
—Es absolutamente esencial, señorita Stoner —dijo—, que siga usted mis instrucciones al pie de la letra en todos los aspectos.
—Le aseguro que asà lo haré.
—La situación es demasiado grave como para andarse con vacilaciones. Su vida depende de que haga lo que le digo.
—Vuelvo a decirle que estoy en sus manos.
—Para empezar, mi amigo y yo tendremos que pasar la noche en su habitación.
Tanto la señorita Stoner como yo le miramos asombrados.
—SÃ, es preciso. Deje que le explique. Aquello de allá creo que es la posada del pueblo, ¿no?
—SÃ, el «Crown».
—Muy bien. ¿Se verán desde allà sus ventanas?
—Desde luego.