Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -Ya lo creo. Me desmayé al hacérmela, y creo que permanecí largo tiempo sin sentido. Cuando volví en mí, descubrí que todavía sangraba, por lo que até un extremo de mi pañuelo estrechamente en torno a la muñeca y lo aseguré con un palito.
-¡Excelente! Usted hubiera podido ser cirujano.
-Es cuestión de hidráulica, como usted sabe, y entraba en mi especialidad.
-Esto lo ha hecho -dije, examinando la herida- un instrumento muy pesado y afilado.
-Algo así como un cuchillo de carnicero -repuso.
-¿Un accidente, supongo?
-En modo alguno.
-¿Cómo, una agresión criminal?
-Y tan criminal.
-Me horroriza usted.
Apliqué una esponja a la herida, la limpié, la curé y, finalmente, la cubrí con una almohadilla de algodón y vendajes tratados con ácido carbólico. Él lo aguantó sin parpadear, aunque de vez en cuando se mordiera el labio.
-¿Qué tal? -le pregunté cuando hube terminado.