Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -¡Magnífico! Entre su brandy y su vendaje, me siento como nuevo. Estaba muy débil, pero tengo que hacer muchas cosas.
-Tal vez sea mejor que no hable del asunto. Es evidente que pone a prueba sus nervios.
-Oh, no, nada de esto ahora. Tendré que contar lo sucedido a la policía, pero le diré, entre nosotros, que si no fuera por la convincente evidencia de esta herida, me sorprendería que dieran crédito a mi declaración, pues es realmente extraordinaria y, como pruebas, no dispongo de gran cosa con que respaldarla. Y aunque lleguen a creerme, las pistas que yo pueda darles son tan vagas que dudo de que llegue a hacerse justicia.
-¡Ajá! -exclamé-. Si se trata de algo así como un problema que usted desea ver resuelto, debo recomendarle encarecidamente que vea a mi amigo el señor Sherlock Holmes antes de ir a la policía oficial.
-He oído hablar de ese señor -contestó mi visitante-. Mucho me alegraría que se hiciera cargo del asunto, aunque, desde luego, debo hacer uso también de la policía oficial. ¿Me dará una carta de presentación para él?
-Haré algo mejor. Yo mismo le acompañaré a visitarlo.
-Le quedaré inmensamente reconocido por ello.