Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »En Reading tuve que cambiar, no sólo de vagón, sino también de estación, pero llegué a tiempo para abordar el último tren con destino a Eyford. Poco después de las once me personé en la pequeña y mal iluminada estación. Fui el único pasajero que se apeó en ella y en el andén no había más que un soñoliento mozo de equipajes con una linterna. Pero al traspasar el portillo vi que mi visitante de la mañana me esperaba entre las sombras al otro lado. Sin pronunciar palabra, aferró mi brazo y me hizo subir apresuradamente a un carruaje cuya puerta había quedado abierta. Subió las ventanillas de ambos lados, dio un golpecito en la estructura de madera y partimos con toda la rapidez que podía conseguir el caballo.
-¿Un caballo? -intervino Holmes.
-Sí, sólo uno.
-¿Se fijó en el color?
-Si, lo vi a la luz de los faroles laterales cuando yo subía al carruaje. Color castaño,
-¿Aspecto fatigado o fresco?
-Fresco y pelo reluciente.
-Gracias. Siento haberle interrumpido. Le ruego que prosiga su interesantísíma narración.