Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Mientras hablaba, se dejó ver una luz en el extremo más distante del pasillo, y vi la magra silueta del coronel Lysander Stark que corrÃa hacia nosotros con una linterna en una mano y un arma parecida a un cuchillo de carnicero en la otra. Crucé precipitadamente el dormitorio, abrà de par en par la ventana y miré al exterior. El jardÃn no podÃa parecer más tranquilo, agradable y acogedor a la luz de la luna, y la altura no podÃa superar los quince pies. Trepé al alféizar pero vacilé antes de saltar, hasta haber oÃdo lo que pasaba entre mi salvadora y el malvado que me perseguÃa. Si la maltrataba, yo estaba dispuesto, a cualquier precio, a correr en su ayuda. Apenas acababa de imponerse este pensamiento en mi mente, cuando él ya se encontraba en la puerta, forcejeando con la mujer para abrirse camino, pero ella le rodeó con los brazos y trató de contenerlo.
»-¡Fritz! ¡Fritz! -gritó. Y en inglés le dijo-: Recuerda lo que prometiste la última vez. Dijiste que no volverÃa a pasar. ¡El no hablará! ¡Te digo que no hablará!
»-¡Estás loca, Elise! -gritó él a su vez, luchando para desprenderse de ella-. Será nuestra ruina. Ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!