Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -De ella dependÃa todo. Cuando una mujer cree que su casa está ardiendo, el instinto la lleva a precipitarse hacia el objeto que tiene en más aprecio. Es un impulso irresistible, del que más de una vez me he aprovechado. Recurrà a él cuando el escándalo de la suplantación de Darlington y en el del castillo de Arnsworth. Si la mujer es casada, corre a coger en brazos a su hijito; si es soltera, corre en busca de su estuche de joyas. Pues bien: era evidente para mà que nuestra dama de hoy no guardaba en casa nada que fuese más precioso para ella que lo que nosotros buscábamos. La alarma, simulando que habÃa estallado un fuego, se dio admirablemente. El humo y el griterÃo eran como para sobresaltar a una persona de nervios de acero. Ella actuó de manera magnÃfica. La fotografÃa está en un escondite que hay detrás de un panel corredizo, encima mismo de la campanilla de llamada de la derecha. Ella se plantó allà en un instante, y la vi medio sacarla fuera.
Cuando yo empecé a gritar que se trataba de una falsa alarma, volvió a colocarla en su sitio, echó una mirada al cohete, salió corriendo de la habitación, y no volvà a verla. Me puse en pie y, dando toda clase de excusas, huà de la casa. Estuve dudando si apoderarme de la fotografÃa entonces mismo; pero el cochero habÃa entrado en el cuarto de estar y no quitaba de mà sus ojos. Me pareció, pues, más seguro esperar. Con precipitarse demasiado quizá se echase todo a perder.