Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rápido en la sala. Traía una expresión seria, pero había un brillo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.
-Veo que han traído la cena -dijo, frotándose las manos.
-Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.
-Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí alguna visita -dijo-. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.
Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que entró como una tromba, balanceando sus lentes con más fuerza que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.
-Veo que mi mensajero dio con usted -dijo Holmes.
-Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen fundamento para lo que dice?
-El mejor que se podría tener.
Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.
-¿Qué dirá el duque -murmuró- cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a semejante humillación?