Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso, con la mirada gacha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la dignidad ofendida. La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él siguió negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayudó a mantener su resolución, pues la mirada suplicante de la mujer era difícil de resistir.
-Estás enfadado, Robert -dijo ella-. Bueno, supongo que te sobran motivos.
-Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas -dijo lord St. Simon en tono amargado.
-Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería haber hablado contigo antes de marcharme; pero estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico cómo no caí desmayada delante mismo del altar.
-¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salgamos de la habitación mientras usted se explica?
-Si se me permite dar una opinión -intervino el caballero desconocido-, ya ha habido demasiado secreto en este asunto. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.