Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, corpulento y de aspecto imponente, con un rostro enorme, de rasgos muy marcados, y una figura impresionante. Iba vestido con estilo serio, pero lujoso: levita negra, sombrero reluciente, polainas impecables de color pardo y pantalones gris perla de muy buen corte. Sin embargo, su manera de actuar ofrecÃa un absurdo contraste con la dignidad de su atuendo y su porte, porque venÃa a todo correr, dando saltitos de vez en cuando, como los que da un hombre cansado y poco acostumbrado a someter a un esfuerzo a sus piernas. Y mientras corrÃa, alzaba y bajaba las manos, movÃa de un lado a otro la cabeza y deformaba su cara con las más extraordinarias contorsiones.
—¿Qué demonios puede pasarle? —pregunté—. Está mirando los números de las casas.
—Me parece que viene aquà —dijo Holmes, frotándose las manos.
—¿Aqu�
—SÃ, y yo dirÃa que viene a consultarme profesionalmente. Creo reconocer los sÃntomas. ¡Ajá! ¿No se lo dije? —mientras Holmes hablaba, el hombre, jadeando y resoplando, llegó corriendo a nuestra puerta y tiró de la campanilla hasta que las llamadas resonaron en toda la casa.