Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Holmes —dije una mañana, mientras contemplaba la calle desde nuestro mirador—, por ahà viene un loco. ¡Qué vergüenza que su familia le deje salir solo!
Mi amigo se levantó perezosamente de su sillón y miró sobre mi hombro, con las manos metidas en los bolsillos de su bata. Era una mañana fresca y luminosa de febrero, y la nieve del dÃa anterior aún permanecÃa acumulada sobre el suelo, en una espesa capa que brillaba bajo el sol invernal. En el centro de la calzada de Baker Street, el tráfico la habÃa surcado formando una franja terrosa y parda, pero a ambos lados de la calzada y en los bordes de las aceras aún seguÃa tan blanca como cuando cayó. El pavimento gris estaba limpio y barrido, pero aún resultaba peligrosamente resbaladizo, por lo que se veÃan menos peatones que de costumbre. En realidad, por la parte que llevaba a la estación del Metro no venÃa nadie, a excepción del solitario caballero cuya excéntrica conducta me habÃa llamado la atención.
