Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Viendo que mi cliente estaba deseoso de marcharse, no dije nada más; llamé al cajero y le di orden de que pagara cincuenta mil libras en billetes. Sin embargo, cuando me quedé solo con el precioso estuche encima de la mesa, delante de mÃ, no pude evitar pensar con cierta inquietud en la inmensa responsabilidad que habÃa contraÃdo. No cabÃa duda de que, por tratarse de una propiedad de la nación, el escándalo serÃa terrible si le ocurriera alguna desgracia. Empecé a lamentar el haber aceptado quedarme con ella, pero ya era demasiado tarde para cambiar las cosas, asà que la guardé en mi caja de seguridad privada, y volvà a mi trabajo.
»Al llegar la noche, me pareció que serÃa una imprudencia dejar un objeto tan valioso en el despacho. No serÃa la primera vez que se fuerza la caja de un banquero. ¿Por qué no habrÃa de pasarle a la mÃa? Asà pues, decidà que durante los dÃas siguientes llevarÃa siempre la corona conmigo, para que nunca estuviera fuera de mi alcance. Con esta intención, llamé a un coche y me hice conducir a mi casa de Streatham, llevándome la joya. No respiré tranquilo hasta que la hube subido al piso de arriba y guardado bajo llave en el escritorio de mi gabinete.