Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Ninguna, exceptuando a mi socio con su familia y, de vez en cuando, algún amigo de Arthur. Sir George Burnwell ha estado varias veces en casa últimamente. Y me parece que nadie más.
—¿Sale usted mucho?
—Arthur sale. Mary y yo nos quedamos en casa. A ninguno de los dos nos gustan las reuniones sociales.
—Eso es poco corriente en una joven.
—Es una chica muy tranquila. Además, ya no es tan joven. Tiene ya veinticuatro años.
—Por lo que usted ha dicho, este suceso la ha afectado mucho.
—¡De un modo terrible! ¡Está más afectada aun que yo!
—¿Ninguno de ustedes dos duda de la culpabilidad de su hijo?
—¿Cómo podrÃamos dudar, si yo mismo le vi con mis propios ojos con la corona en la mano?
—Eso no puede considerarse una prueba concluyente. ¿Estaba estropeado también el resto de la corona?
—SÃ, estaba toda retorcida.
—¿Y no cree usted que es posible que estuviera intentando enderezarla?