Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -¡Cómo! -exclamó Sherlock Holmes retrocediendo como si hubiese recibido un golpe, y pálido de pesar y de sorpresa-. ¿Quiere usted decirme con ello que su señora abandonó ya Inglaterra?
-Para nunca más volver.
-¿Y esos documentos? -preguntó con voz ronca el rey-. Todo está perdido.
-Eso vamos a verlo.
Sherlock Holmes apartó con el brazo a la criada, y se precipitó al interior del cuarto de estar, seguido por el rey y por mí. Los muebles se hallaban desparramados en todas direcciones; los estantes, desmantelados; los cajones, abiertos, como si aquella dama lo hubiese registrado y saqueado todo antes de su fuga. Holmes se precipitó hacia el cordón de la campanilla, corrió un pequeño panel, y, metiendo la mano dentro del hueco, extrajo una fotografía y una carta. La fotografía era la de Irene Adler en traje de noche, y la carta llevaba el siguiente sobrescrito: -Para el señor Sherlock Holmes.-La retirará él en persona.- Mi amigo rasgó el sobre, y nosotros tres la leímos al mismo tiempo. Estaba fechada a medianoche del día anterior, y decía así: