Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -Porque ello le ahorrarÃa a su majestad todo temor de futuras molestias. Si esa dama está enamorada de su marido, será que no lo está de su majestad. Si no ama a su majestad, no habrá motivo de que se entremeta en vuestros proyectos.
-Eso es cierto. Sin embargo… ¡Pues bien: ojalá que ella hubiese sido una mujer de mi misma posición social! ¡Qué gran reina habrÃa sabido ser!
El rey volvió a caer en un silencio ceñudo, que nadie rompió hasta que nuestro coche se detuvo en la Serpentine Avenue.
La puerta del Pabellón Briony estaba abierta y vimos a una mujer anciana en lo alto de la escalinata. Nos miró con ojos burlones cuando nos apeamos del coche del rey, y nos dijo:
-El señor Sherlock Holmes, ¿verdad?
-Yo soy el señor Holmes -contestó mi compañero alzando la vista hacia ella con mirada de interrogación y de no pequeña sorpresa.
-Me lo imaginé. Mi señora me dijo que usted vendrÃa probablemente a visitarla. Se marchó esta mañana con su esposo en el tren que sale de Charing Cross a las cinco horas quince minutos con destino al Continente.