Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Por su manera de comportarse, se notaba que tenÃa más motivos de satisfacción que lo que daban a entender sus meras palabras. Le brillaban los ojos e incluso tenÃa un toque de color en sus pálidas mejillas. Subió corriendo al piso de arriba, y a los pocos minutos oà un portazo en el vestÃbulo que me indicó que habÃa reemprendido su apasionante cacerÃa.
Esperé hasta la medianoche, pero como no daba señales de regresar me retiré a mi habitación. No era nada raro que, cuando seguÃa una pista, estuviera ausente durante dÃas enteros, asà que su tardanza no me extrañó. No sé a qué hora llegó, pero cuando bajé a desayunar, allà estaba Holmes con una taza de café en una mano y el periódico en la otra, tan flamante y acicalado como el que más.
—Perdone que haya empezado a desayunar sin usted, Watson —dijo—, pero ya recordará que estamos citados con nuestro cliente a primera hora.
—Pues son ya más de las nueve —respond×. No me extrañarÃa que el que llega fuera él. Me ha parecido oÃr la campanilla.