Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Creo que esto servirá —dijo mirándose en el espejo que habÃa sobre la chimenea—. Me gustarÃa que viniera usted conmigo, Watson, pero me temo que no puede ser. Puede que esté sobre la buena pista, y puede que esté siguiendo un fuego fatuo, pero pronto saldremos de dudas. Espero volver en pocas horas.
Cortó una rodaja de carne de una pieza que habÃa sobre el aparador, la metió entre dos rebanadas de pan y, guardándose la improvisada comida en el bolsillo, emprendió su expedición.
Yo estaba terminando de tomar el té cuando regresó; se notaba que venÃa de un humor excelente, y traÃa en la mano una vieja bota de elástico. La tiró a un rincón y se sirvió una taza de té.
—Sólo vengo de pasada —dijo—. Tengo que marcharme en seguida.
—¿Adónde?
—Oh, al otro lado del West End. Puede que tarde algo en volver. No me espere si se hace muy tarde.
—¿Qué tal le ha ido hasta ahora?
—AsÃ, asÃ. No tengo motivos de queja. He vuelto a estar en Streatham, pero no llamé a la casa. Es un problema precioso, y no me lo habrÃa perdido por nada del mundo. Pero no puedo quedarme aquà chismorreando; tengo que quitarme estas deplorables ropas y recuperar mi respetable personalidad.