Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Si se pasa usted por mi domicilio de Baker Street mañana por la mañana, entre las nueve y las diez, tendré mucho gusto en hacer lo posible por aclararlo. Doy por supuesto que me concede usted carta blanca para actuar en su nombre, con tal de que recupere las gemas, sin poner limites a los gastos que yo le haga pagar.
—DarÃa toda mi fortuna por recuperarlas.
—Muy bien. Seguiré estudiando el asunto mientras tanto. Adiós. Es posible que tenga que volver aquà antes de que anochezca.
Para mÃ, era evidente que mi compañero se habÃa formado ya una opinión sobre el caso, aunque ni remotamente conseguÃa imaginar a qué conclusiones habrÃa llegado. Durante nuestro viaje de regreso a casa, intenté varias veces sondearle al respecto, pero él siempre desvió la conversación hacia otros temas, hasta que por fin me di por vencido. TodavÃa no eran las tres cuando llegamos de vuelta a nuestras habitaciones. Holmes se metió corriendo en la suya y salió a los pocos minutos, vestido como un vulgar holgazán. Con una chaqueta astrosa y llena de brillos, el cuello levantado, corbata roja y botas muy gastadas, era un ejemplar perfecto de la especie.