Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Cuando vio usted a su hijo, ¿llevaba éste puestos zapatos o zapatillas?
—No llevaba más que los pantalones y la camisa.
—Gracias. No cabe duda de que hemos tenido una suerte extraordinaria en esta investigación, y si no logramos aclarar el asunto será exclusivamente por culpa nuestra. Con su permiso, señor Holder, ahora continuaré mis investigaciones en el exterior.
Insistió en salir solo, explicando que toda pisada innecesaria harÃa más difÃcil su tarea. Estuvo ocupado durante más de una hora, y cuando por fin regresó traÃa los pies cargados de nieve y la expresión tan inescrutable como siempre.
—Creo que ya he visto todo lo que habÃa que ver, señor Holder —dijo—. Le resultaré más útil si regreso a mis habitaciones.
—Pero las piedras, señor Holmes, ¿dónde están?
—No puedo decÃrselo.
El banquero se retorció las manos.
—¡No las volveré a ver! —gimió—. ¿Y mi hijo? ¿Me da usted esperanzas?
—Mi opinión no se ha alterado en nada.
—Entonces, por amor de Dios, ¿qué siniestro manejo ha tenido lugar en mi casa esta noche?