Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Abrió la caja, sacó la diadema y la colocó sobre la mesa. Era un magnÃfico ejemplar del arte de la joyerÃa, y sus treinta y seis piedras eran las más hermosas que yo habÃa visto. Uno de sus lados tenÃa el borde torcido y roto, y le faltaba una esquina con tres piedras.
—Ahora, señor Holder —dijo Holmes—, aquà tiene la esquina simétrica a la que se ha perdido tan lamentablemente. Haga usted el favor de arrancarla.
El banquero retrocedió horrorizado.
—Ni en sueños me atreverÃa a intentarlo —dijo.
—Entonces, lo haré yo —con un gesto repentino, Holmes tiró de la esquina con todas sus fuerzas, pero sin resultado—. Creo que la siento ceder un poco —dijo—, pero, aunque tengo una fuerza extraordinaria en los dedos, tardarÃa muchÃsimo tiempo en romperla. Un hombre de fuerza normal serÃa incapaz de hacerlo. ¿Y qué cree usted que sucederÃa si la rompiera, señor Holder? SonarÃa como un pistoletazo. ¿Quiere usted hacerme creer que todo esto sucedió a pocos metros de su cama, y que usted no oyó nada?
—No sé qué pensar. Me siento a oscuras.
—Puede que se vaya iluminando a medida que avanzamos. ¿Qué piensa usted, señorita Holder?
—Confieso que sigo compartiendo la perplejidad de mi tÃo.